Roberto decidió salir de la urbe y probar suerte en la inmensa selva

Un refugio en medio de la nada para escapar de la pandemia. ¿Quién no lo ha pensado? Roberto nos cuenta cómo encontró el lugar perfecto en medio de la cálida selva.

Cerca al río Urubu, a unos cuatrocientos kilómetros de la ciudad de Manaos vive Roberto. Entre los interminables y perennes sonidos de monos, pájaros, anfibios e insectos. En medio de guacamayos, tucanes y ranas. Rodeado del siempre verde bosque húmedo tropical ecuatorial, de árboles tan grandes como lo permiten ver sus ojos: cedros, mandrilos, tajibos y caricaris. Frente a un pequeño estanque, tiene su cabaña hecha de madera de cedro en la que vive con su perra y donde se guarecen de los elementos naturales.

Luego de múltiples intentos, ensayo y error, han logrado plantar varios árboles frutales. Ahora cocos, piñas, guayabas, bananos, aguacates adornan sus comidas que suelen ser peces del Jutuarana. Aún no se animan a probar los carpinchos o capibaras ya que tienen fama de coprófagos y es algo que no pueden obviar.

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Vista del río al atardecer. Foto del autor.

Tras conocer que se empezó a cavar fosas comunes en la ciudad para enterrar a los que morían por una extraña gripe, Roberto decidió salir de la urbe y probar suerte en la inmensa selva donde seguramente no llegaría la enfermedad.

Han pasado diecisiete meses desde que dejó atrás el encierro metropolitano. Casi no sabe nada: qué pasó con los hospitales colapsados, con las filas en los centros de abastos, con el miedo, con la desesperación, con la desesperanza y con la incertidumbre. “La vida en medio de la nada no está mal”, piensa. No fue una mala decisión salir de la otra selva.

«Quizá lo que más extraña de la ciudad es adivinar los rostros detrás de las mascarillas.»

Tampoco fue fácil la vida en medio del bosque enmarañado y bravío donde se abren los senderos a golpe de machete o hacha. “Qué útil fue aprender a usar herramientas a corta edad”, le agradece a su papá, donde quiera que esté.

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Roberto posa divertido en medio de uno de los escenarios que más disfruta: la selva.

Al llegar al lugar elegido y no tener dónde pasar la noche, una rama de un árbol fue su primer lecho. En los días siguientes, Roberto y su perra pudieron dormir en la tienda de campaña con la que se adentraron en la jungla. A la mañana siguiente de dormir en el árbol, él empezó el proyecto de hacer una cabaña con los árboles caídos que encontró. Estuvo contento con el resultado: una pieza para dormir y otra para almacén. Una pequeña celda fotovoltaica le permite tener una pequeña luz en la noche y cargar lo que sería su biblioteca portátil: una lectora de libros electrónicos donde luego de los clásicos, hay todo tipo de manuales como pueden ser de los de caza, supervivencia, construcción, agricultura, ganadería y veterinaria. “La salida de Manaos fue rápida pero bien premeditada”, se dice.

Quizá lo que más extraña de la ciudad es adivinar los rostros detrás de las mascarillas. Allí va don señor mascarilla blanca o celeste. La señorita doble mascarilla de flores se abraza con la amiga mascarilla roja en medio de la plaza. También está el joven mascarilla del hombre araña, de acento foráneo, que deja salir la nariz en la cola del super. Pero hay algo más: las miradas. Había algo diferente en cada persona con medio rostro cubierto cual bandido de western y era que ahora comunicaban con las miradas. “A través de la mirada, se puede ver realmente la esencia de las personas e incluso sentir el mensaje de manera directa y sin ningún tipo de filtro”, piensa mientras mira lo que tiene a su alrededor. “Lo importante se halla en la mirada, no en la cosa mirada”, escuchó decir alguna vez. Y esta era la mirada de quien mira el mundo por primera vez.

Roberto Reto
Roberto Reto

Es ingeniero de sistemas y ha empezado a emprender en capacitación de empresas con gamificación. Escribe por placer con miras a iniciar un blog sobre tecnología en el corto plazo. Ha llevado el curso Crea tu blog.

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