¿Por qué deseo lo que deseo?

Escribir, escribir, escribir… La práctica hace al maestro, pero ¿cómo hago para que mi práctica esté desinfectada de expectativas? Siempre llega un momento en el que me dan ganas de compartir mi trabajo, pero en cuanto esta intención aparece, todo lo artístico se esfuma y mis peores borradores nacen. Paciencia, paciencia, paciencia. Constancia, constancia, constancia. Cuestionamiento, cuestionamiento, cuestionamiento.

Desde la mañana quiero escribir un par de versos que se me ocurrieron para una tarea. Aún no lo he hecho porque tengo dudas sobre su origen: no salieron espontáneamente. No fueron regalados por los dioses, como una vez me dijo Rossella que salían los primeros versos. Fueron producto de un esfuerzo, de un pensamiento constante: “¿De qué escribo?”. (Tantas veces he escrito este pensamiento que ahora se siente como un déjà vu). Y este esfuerzo, pienso, los hace un producto del mercado. Desear que sean buenos, querer que sean reconocidos… Siento que no hay autenticidad ahí, solo ego. Escribo teniendo en mente los temas que pueden gustarle a la gente, qué giros me harían parecer reflexivo, qué palabras usar para que los demás digan “¡Wow! ¡Qué talentoso!”.

La naturaleza de un texto (que no es más que un efecto de su origen) es impostora. Así como tenía la idea fija de que debía producir un buen verso (uno que me permitiera derivar de él otros versos octosílabos cuyas últimas palabras me hicieran estar en regla con la estructura de una décima espinela) también me inquietaba la reacción potencial de las personas que me escucharan leer en clase. Que guste, que impresione… siempre está ahí ese deseo. Mientras no me lo quite de encima, no podré crear nada auténtico.

Aquí, aquella explicación de lo obvio que menciono abajo.

En principio, este texto se reducía solo a los dos párrafos anteriores, pero sucedió lo que sucede con los textos breves: sembró más dudas de las que resolvió. Por ejemplo, ¿qué significa ser auténtico? Si recurrimos al diccionario, veremos que es ser consecuente con uno mismo. Y ser consecuente con uno mismo implica ser consecuente con sus deseos. Entonces tal vez resulte obvio cuestionarse (“Cuestionar lo obvio es el camino de la filosofía”. Esto se lo escuché a Sztajnszrajber): “¿Por qué deseo lo que deseo?”. Nos movemos por imágenes. Las cosas que deseamos no las deseamos tanto por la satisfacción que obtendremos de su cumplimiento, sino por la satisfacción que obtendremos de las imágenes que proyectaremos ante los demás al cumplirlas. Pongo un ejemplo: supongamos que conozco una flaca que me gusta, y entonces la invito a salir. “Conozcámonos” le digo. Ella acepta y, para aquella primera cita, nos encontramos en un café, un lugar tranquilo donde conversar. En algún momento hablaríamos de repente de nuestros lugares de residencia. Ella, seguramente independiente viviendo con roommates y yo, con mis padres. Ahora, teniendo en cuenta que tengo 27 años y que vivo en una sociedad en que se valora mucho el empoderamiento, ¿qué concepto tendría ella de mí? Sin duda, aquel dato mío no me sumaría puntos. Tal vez ella acabaría la cita muy alegre, pero sin intenciones de una segunda porque habría adoptado la imagen de que no soy capaz de adquirir verdaderos compromisos. O tal vez no, pero eso es lo que mi imaginación me llevaría a pensar si ante la proposición de una segunda salida me rechaza. Entonces yo seguramente comenzaría a sopesar el acto de mudarme, pero ¿realmente lo querría hacer? No puedo negar lo bacán que debe ser tener privacidad y el ser responsable de algo más que tu habitación, pero ¿en esos momentos de mi vida sería mi deseo verdadero?

De esto que he dicho podríamos deducir que ir contracorriente es sinónimo de autenticidad, pero ¡cuidado! ¿Estamos seguros de que nuestra rebeldía no responde a un deseo de ser reconocidos como personas auténticas?


Enrique Arellano
Enrique Arellano

Enrique tiene veintiséis años. Diez de ellos ha practicado deporte, siempre con peso. Primero quiso ser fisicoculturista, luego halterófilo, pero la pandemia llegó y los gimnasios cerraron. Ahora juega con unas kettlebells en la azotea de su casa. Recientemente ha incursionado en el movimiento libre, más que todo en patrones de locomoción animal. Según él, imita el andar de chimpancés, babuinos, gorilas. Cuando era chibolo, su viejo le decía “Tú eres el eslabón perdido de la evolución”. También le decía que tenía que estudiar una carrera. Estudió ingeniería y aparte llevó cursos de musculación y cosas relacionadas. Pensaba “No voy a terminar trabajando ocho horas sentado en una oficina”. Ahora se las pasa sentado en su cuarto escribiendo, leyendo y editando. Pero espera algún día pasárselas con una cámara en la mano y al costado de una manada de ballenas.

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