Nunca pensé que podría perderme mi fiesta de cumpleaños, la primera de todas

¿Quién pensaría que un acto de solidaridad podría convertirse en la causa de un castigo? Como si fuera Navidad y no quisiera recibir carbón dentro de una media en su cumpleaños, el niño de esta historia debió ser más cuidadoso.

Cuando tenía siete años, ayudé a una amiga a sacar su lonchera del salón que estaba con la puerta cerrada. Entré por la ventana, la busqué y se la pasé. Pero no me había dado cuenta que una profesora venía y me había visto ingresar. Me puso una papeleta.

Sin esperar mucho, practiqué la firma de mi mamá y, cuando estuve seguro, firmé. Al día siguiente entregué la papeleta, pero la tutora se dio cuenta y, al final del día, me dio otra papeleta y una citación para mis padres.

Cuando mis padres regresaron del colegio, solo había silencio en el ambiente. Esperé en mi cuarto. Fue en la noche, cuando bajé a cenar, que mi papá me dijo “Tu cumpleaños está cerca y lamentablemente no tendrás la fiesta que te dijimos, porque hoy falsificas una papeleta y, ¿mañana? ¿Un cheque?”. Lo dijo casi sin mirarme, con voz entrecortada.

Ese fin de semana no tocaba limpieza general, pero a mi mamá se le ocurrió decirme que acabara mis tareas para el viernes porque todo el sábado estaríamos ocupados con la limpieza. Nunca pensé que nuestra idea de limpieza fuera diferente.

«Yo respondí un contundente NO QUIERO. Nos abrieron la puerta y vinieron esos niños, corriendo y con rostros de felicidad».

Llegado el sábado, me llamó a su cuarto. Me esperaba a un lado de la puerta del ropero. La abrió y yo me arrodillé. Era el paraíso de todo niño: juguetes y más juguetes. Pensé que mis abuelos habían hablado con mis papás y que de todas maneras tendría mi fiesta de cumpleaños, la primera de todas. “Vamos a sacar estos juguetes y los pondremos sobre la cama, ¿ya?” dijo, mientras me ponía de pie para que la ayudara. Cuando terminamos, me dijo que íbamos a ir a un sitio muy especial con todos los juguetes. Me llamó la atención. No recuerdo si pregunté qué lugar era ese, pero sí que me había llamado la atención.

Cuando llegamos al lugar, sacamos las tres bolsas con los juguetes mis juguetes— y me dijo, mientras nos acercábamos a la puerta: “Aquí viven niños que no tienen la oportunidad de tener una fiesta de cumpleaños, o de tener a alguien que les obsequie por lo menos un juguete. Estos niños esperan por una familia”. No entendí. Mientras esperábamos que viniera el guardián para abrirnos la puerta, agregó: “Vamos a regalarle estos juguetes a estos niños”. Yo respondí un contundente NO QUIERO. Nos abrieron la puerta y vinieron esos niños, corriendo y con rostros de felicidad.

Yo tenía miedo de dejar ir los juguetes, mis juguetes.

Conforme los niños los cogían —y con uno que otro apretón de la mano de mi mamá sobre mi hombro—, entendí que no tendría el cumpleaños que quería porque había actuado mal y porque había niños que necesitaban esos juguetes.

Volvimos a casa y, por la tarde, desde mi cuarto escuché bulla en la sala. Bajé poco a poco. “¡He ahí el falsificador!” gritó uno de mis hermanos. “Ven hijo, vamos a cantarte tu Happy Birthday” dijo mi papá. Aunque nunca llegué a tener aquella primera fiesta de cumpleaños, sí tuve una celebración de cumpleaños con mi familia.


Autor: Andrés Gonzalez.

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