No importa lo cagado que esté tu amigo, si puedes ayudarlo, hazlo

Este cuento se titula ‘El Blue Ranger’ y es una historia que te dibujará una sonrisa y te arrancará más de una carcajada. ¿A quién no le ha pasado una situación al menos similar a esta?

De niño aprendí que la mejor forma de lidiar con cualquier conflicto era evitándolo. Me gustaría contar que tuve una gran experiencia que me llevó a esa conclusión, pero la verdad es que fue por pura casualidad. Debe haber ocurrido en alguna tarde infantil, jugando con mis amigos en la calle o correteando con mis primos en la casa de mi abuela. Lo cierto es que en cualquier escenario, todo se lo debo a aquel Blue Ranger.

Recuerdo bien cómo me sentía en aquélla época, todos los mocosos lloraban y se peleaban por ser el Ranger Rojo, las mentes infantes más creativas inclusive recurrían a las soluciones más ingeniosas, que solo ahora puedo notar que ocultaban profundas inclinaciones políticas: la meritocracia apoyaba a que el mayor sea el rojo; algunos jóvenes tiranos, gérmenes del bullying actual, atormentaban a los demás imponiendo que el más fuerte sería el rojo y ¡pobre del que lo contradiga! Finalmente, lo que entonces me parecía más justo, pero que ahora me parece un pensamiento socialista, establecía la regla de que todos serían el Red Ranger, pero solo media hora cada uno. Yo no me peleaba con nadie por ser el azul, lo era por todo el tiempo que me daba la gana y, como el clásico niño gordo del reloj-calculadora Casio, ayudaba a los casi soviéticos avisándoles cuándo era turno de que otro asuma el manto del Ranger Rojo.

El Blue Ranger me acompañó todo el tiempo que estuvo de moda la serie. Conseguía todo el merchandising, original o bamba, que las posibilidades de mis papás, o yo ahorrando propinas, permitían. Este personaje no solo me enseñó de casualidad esa valiosa lección sobre los conflictos, también aprendí sobre compañerismo y lealtad.

El Blue Ranger, uno de la colección personal del autor de este relato.

Cuando tenía 9 o 10 años (me gustaría decir que tenía menos) vivía en el centro de Lima y estudiaba en Monterrico. La movilidad me recogía alrededor de las seis de la mañana, me vestía aún medio dormido, desayunaba muy rápido y partía. Un día, mientras salía de casa, tuve esa sensación que todos los seres humanos hemos experimentado alguna vez. Esa mañana, desde que puse un pie fuera de casa, supe que me iban a dar ganar de cagar pronto y que iba a tener que pasar por el sufrimiento de ajustar hasta volver a casa o, peor, tendría que cagar en el colegio.

«Es gracioso y divertido pensar que todos alguna vez hemos estado a punto de cagarnos encima. Nos sentimos fatales, sudorosos, no hablamos con nadie, andamos idos pensando en qué hacer si perdemos contra la naturaleza (…)»

Las primeras clases del día estuvieron acompañadas de retorcijones y sudor frío, respiraba pesadamente y me presionaba con fuerza contra la silla de mi carpeta, hacia abajo, dándole todo el apoyo requerido a los músculos encargados de ajustar y mantener todo en su lugar. Es gracioso y divertido pensar que todos alguna vez hemos estado a punto de cagarnos encima. Nos sentimos fatales, sudorosos, no hablamos con nadie, andamos idos pensando en qué hacer si perdemos contra la naturaleza. Planeamos la huida, las excusa, absolutamente todo y nuestra cabeza se encarga de hacernos creer que todo el mundo se ha dado cuenta… en nuestros fecalmente poseídos pensamientos, estamos seguros de que todos lo saben y nos juzgan por cagones. Había aguantado casi todo el día, una verdadera hazaña considerando que no perdoné a mi lonchera durante el recreo, pero llegando a la última hora de clase, supe que perdería la batalla.

Organicé mi precario equipo de emergencia, el cual consistía en un cuaderno enrollado en el bolsillo como provisión para la permanente carencia de papel higiénico en el baño del colegio, me acerqué temblando al profesor y le pedí permiso para ir al baño. Salí caminando encorvado, haciendo un esfuerzo sobrehumano para erguirme y saludar si me cruzaba con alguien, todo andaba bien, inclusive había superado el diablillo en mi mente que me repetía que todos se daban cuenta de que me iba a cagar, pero cuando estaba a unos cuantos metros de mi destino, fui traicionado por un vil mojón disfrazado de pedo. Los experimentados sabrán que cuando eres víctima de una flatulencia de este tipo, lo demás se vuelve incontenible. Corrí al baño, estaba nervioso y confundido (pero gratamente relajado). Analicé la situación y no había nada que hacer. Ya estaba todo cagado. Pasé minutos, que sentí como horas, encerrado en uno de los cubículos del baño y pensando, no había papel como era de esperarse, así que hoja por hoja fui mutilando al cuaderno que llevaba enrollado en el bolsillo. Pronto me di cuenta que, para mi buena suerte, mi calzoncillo era tan poderoso que contuvo todo el desastre ocasionado por la desastrosa ventosidad, sin fugas ni derrames. Me alegre por eso, el heroico calzoncillo que estaba usando se había sacrificado para evitar un desastre mayor, ¡y cómo no iba a hacerlo!, ¡si era mi calzoncillo favorito!, mi calzoncillo del Blue Ranger.

El Power Ranger Azul acompaña hasta hoy en día al escritor de esta historia.

Darme cuenta de esto me ocasionó un sufrimiento tan incontenible como la misma cagada. Sabía que lo correcto era botarlo, pero no podía dejar a Billy embarrado en caca, ni a su triceratops hecho mierda, qué final tan indigno y terrible. El plan para salvarlo fue seguir deshojando al cuaderno y hacerle una funda contenedora de olores al calzoncillo. El resultado fue una gran pelota de papel que llevé en el bolsillo las dos horas que demoraba en volver en movilidad desde el colegio hasta la casa. Dos horas en las que anduve con un calzoncillo con caca en el bolsillo, haciéndome el loco, nunca volví a alcanzar ese nivel de conchudez. Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue sacar el calzoncillo de mi bolsillo, miré a mi mamá y se lo extendí con las dos manos hacia arriba, como si se tratara de una ofrenda a los dioses. La reacción de mi mamá fue una mezcla de sorpresa, cólera y náuseas, sin embargo, me permitió conservar esa asquerosidad luego de hacerme lavarla múltiples veces (y a mano). Ahora ella cuenta la historia con mucha gracia, a pesar de todo, era consciente de que yo no era un niño normal y también que era hincha del Blue Ranger desde hace tiempo, inclusive desde la época de Light-Man y Flash-Man, las series japonesas que inspiraron a los Power Rangers.

Dentro de todas las cosas que aprendí con el Ranger Azul durante esos años, resalto lo que mencioné al principio de esta historia y también lo ocurrido con mi calzoncillo. Porque no importa lo cagado que esté tu amigo, si puedes ayudarlo, hazlo. No importa si luego termina de trapeador, enrollado en el palo de una escoba.

<span style="color:#7bdcb5" class="has-inline-color">Mauricio Arana</span>
Mauricio Arana

Lima, 1988. Abogado especializado en Actividades Extractivas y Medio Ambiente, pero que anhela vivir escribiendo novelas, cuentos y toda clase de cosas locas. Siempre con un libro enfrente, un chocolate en el bolsillo y en constante lucha contra la procrastinación. Ha llevado el curso Crea tu blog.

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