Los papeles arrugados de mi vida aparecen en mis historias sencillas

¿Qué hacen los estudiantes cuando salen de Machucabotones? Eso nos preguntamos. Nos preocupaba que luego de culminar los talleres dejaran la escritura en el abandono, porque esta, como cualquier otra actividad, se perfecciona con la práctica. Como sabemos que, en ausencia de un grupo de compañeros, sentarse a teclear es difícil, ideamos formar una comunidad de ex estudiantes en Facebook. Le llamamos «Familia Machucabotones». Ahí reunimos a todos los estudiantes que pasaron por nuestras aulas físicas y virtuales durante estos siete años que llevamos difundiendo la escritura en el mundo. Además de recomendar libros, charlas y videos, que les ayudarían a revolver sus ideas, impulsamos la parte práctica. Lo hicimos —y lo seguimos haciendo— a través de retos semanales. Para cada semana proponemos premisas distintas. Por ejemplo, en la primera semana compartimos cada día una ilustración del artista Joey Guidone. Dijimos: «Obsérvenla bien, y escriban durante diez minutos a partir del primer pensamiento o sentimiento que les haya provocado». Cada vez se han ido sumando más estudiantes al reto. La ilustración de la cabecera fue la imagen propuesta en el segundo día de aquel primer reto. Y el texto que está a continuación, el producido por Ricardo Flores.

Ilustración: Writer’s Block de Joey Guidone

Ilustración del día 2 del primer reto semanal.

Mi relación con la escritura es muy extraña. De pronto me doy cuenta de que me encanta, de pronto me doy cuenta de que me llega al chopin. De pronto me siento creativo, imagino ideas y las tecleo, o de pronto solo me confundo más de lo que estaba.

Al escribir divago sin rumbo. A veces en un acto de valentía saco un texto absurdo sobre lo que surge en el momento. Otras, arrugo mis ideas y me bloqueo.

Siento que se arruga todo, que me falta creer en algo, que no basta con creerse creativo. Tengo que ser disciplinado, al menos si quiero dejar de arrugarme tanto. Pero no arrugo por dentro. Continúo expresando cómo me siento: frustrado por sombras pasadas que aún empañan mi presente.

Miro los recuerdos de esta peculiar y única historia, de mi paso por la vida, de las locuras desatadas en todos estos años intensos. Surgen cosas como la del hombre que se lanzó del puente Villena el año 87, justo mientras pasábamos por debajo en la camioneta rumbo a casa, después de las clases en San Toto. Recuerdo el grito agudo de Carlos: “No, no, no, no, ¡noooooo!”.

Quedaron arrugas que callamos todos por la impresión de ver a ese pobre hombre boca arriba, con el pecho ensangrentado y la cabeza hecha añicos entre las piedras de la pista de la bajada Balta. Y ese grito desgarrador de Carlos sigue resonando en mi cerebro. Él lo vio lanzarse, él manejaba. Yo no entendía qué pasaba —“¿Por qué gritas?”—, hasta que vi pasar al hombre caído del cielo al lado del carro.

«A veces en un acto de valentía saco un texto absurdo sobre lo que surge en el momento. Otras, arrugo mis ideas y me bloqueo».

En mi esfuerzo por continuar, por observar, por jugar, igual sanciono, igual juzgo, igual arrugo las ideas. Pero aún así me sumerjo en las palabras como reflejo de una ilustración que se arruga en mi cerebro, mientras mis dedos siguen tecleando en la laptop o cogen lápices, plumones o bolígrafos. A mano desgarro mis cuadernos y los archivo en mi estantería o en la nube. Deambulan, cobran vida, los arrugo. Entre las arrugas desechadas yacen mis intentos: los que empiezo y no termino, los que termino y aún no edito, los que me interrumpieron y aún no retomo.

Descubro que, en el intento de plasmar palabras, los papeles arrugados de mi vida aparecen en mis historias sencillas, en mis emociones entumecidas por la fragilidad de mi creencia vital en mí mismo. Me juzgo: “Eres una bestia torpe, inútil, salvaje, incapaz de producir un texto coherente, que dé sentido a algo, que muestre algo de esta cosa inerte que se mueve dentro”. Pero igual aquí sigo. He de reconocer que, a pesar de todo, es divertido.


Ricardo Flores Hidalgo
Ricardo Flores Hidalgo

Cuida de Lola, su perrita epiléptica. Sobreviviente de esta Lima húmeda e inhumana en la que decidió quedarse tercamente. Un romántico empedernido. Un explorador. Quiso ser cura, actor, educador, psicólogo y galán de televisión. Recientemente ha decidido volverse un escritor.

Tags:
Este el es blog de la Escuela Machucabotones
Publicación anterior

Lunes de lentejas

Publicación siguiente

¿Por qué este taller se llama «Escribe Nomás»?

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: