Lo que mi madre piensa de mí

¿Cómo es la voz de tu mamá cuando habla de ti? ¿Eres su hijo querido o eres la oveja negra de la familia? En este ejercicio de escritura, el autor nos habla desde la mente de su mamá en primera persona. El resultado es un divertido relato que nos muestra la personalidad del escritor.

Ay, este hijo que crié. Pese a todos mis esfuerzos me salió renegón y mala sangre como su padre. Por suerte, no me salió borracho como su padrino, porque ese bebió para que las próximas cuatro generaciones de varones de la familia salieran abstemios. Pero que no saliera borracho o con otro vicio fue un descanso para su padre, no para mí. De ese viejo carcamán también sacó la tacañería. Pensar que cuando estaba soltero me daba la mitad de su sueldo. Si, la mitad. Él me lo prometió y yo se lo hice cumplir a rajatabla. Sin embargo, desde que se casó con esa mujer ¡Caracho!, me suelta de a puchitos las monedas y hay que reclamarle. Qué vergüenza tener que hacerle recordar que aquí esta su madre todavía viva. La que le soportó las berreadas en la madrugada y el cuidarlo en las múltiples enfermedades que se le pegaban. Ese chico era un imán para captarlas. Sarampión, escarlatina, varicela. Según él la culpa la tengo yo, porque como no lo amamanté de recién nacido, su organismo es débil. El día que nacieron los frescos, el salió primero.
−Ya pues —le dije la última vez que lo vi— tú sabes, lo que me das es para mi tratamiento de artrosis en la columna.
−Uy, mamá, pero para eso debería darte el venerable anciano −me dijo sobándose la pelada que adorna de manera prematura su cabeza desde antes que cumpliera los treinta años.
−Tu padre, apenas si me da para la comida y se cierra en que no le alcanza Tú, hijo de mis entrañas, ¿te vas a poner su nivel?
−No me compares mamá, yo tengo tres hijos.
-A otro perro con ese hueso —le dije indignada— Tu esposa trabaja y tu me puedes dar lo que gastas en ir al estadio a ver a los malos de tu equipo.
−Con eso no te metas —me dijo levantando un dedo— que el fútbol es lo más importante de lo menos importante.
−Ya déjate de sonseras y dame para mi tratamiento. No seas un descastado.
−Y si no ¿Qué?
−Te agarro a golpes con mi andador caracho —le grité— y en el poto calato todavía.
-Ok. De buenas maneras cualquiera entiende −me dijo con desgano mientras buscaba en su bolsillo.

«Mi hijo, sin pecar de orgullosa, es un excelente partido. Pensar que su padre con su padrino lo fregaban porque nunca se le conoció enamorada antes de la aparición de mi ahora nuera».

Bueno, a lo que iba. Mi hijo, sin pecar de orgullosa, es un excelente partido. Pensar que su padre con su padrino lo fregaban porque nunca se le conoció enamorada antes de la aparición de mi ahora nuera. Tuve que defenderlo de sus bromas de mal gusto, como que mi hijo solo se las veía con “manuela pajares”. Par de mañosos. Él, mi hijo, llego puro y casto al altar. A ser mejor padre que ellos. Cambia pañales, les hace el desayuno a sus bebés, les plancha la ropa y de yapa, los baña. Eso si, quejándose por no ser un padre a la antigua, de esos que mantenían su distancia con los niños y era la madre la que se recargaba con el peso de cuidarlos. Pero, estoy segura que en el fondo él entiende que pertenece a una nueva generación de papás más conscientes y eso me hace sentir muy orgullosa. Porque le entregué al mundo alguien dispuesto a transformarlo para bien.

Dennis Gastelú Barrera
Dennis Gastelú Barrera

Bibliotecólogo y padre de tres hijos. Estos le han pensar que en el colegio debió entrar al curso de planificación familiar. Le gusta el cine, los cómics y sufrir con su equipo, el Sporting Cristal. Ha llevado el taller #CreaTuBlog.

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