«Las ganas de escribir vienen escribiendo»

Iniciaba la década de los sesenta, Liliana Heker tenía dieciséis años y una revista llamada El grillo de papel había lanzado una convocatoria. Mandó una carta y un poema. Días después, el escritor Abelardo Castillo —director de la revista— la invitó a formar parte. Fue el inicio de su carrera literaria. Ahí se codeó con escritores como Ernesto Sábato, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, y encontró el gusto por el debate y la reflexión. Escribió ensayos, también cuentos y novelas. Su primer libro —Los que vieron la zarza— lo publicó en 1966. El último (por el momento), el 2019. Se trata de La trastienda de la escritura, donde habla sobre su proceso creativo, el trabajo que le conlleva hacer una nueva obra, y su experiencia dando talleres de escritura. Sus ideas principales están condensadas en el siguiente decálogo, que le proporcionó en el 2012 a la revista Arcadia.

Foto de cabecera: Alejandra Lopez

  • Las ganas de escribir vienen escribiendo. Es inútil esperar el instante perfecto en que todos los problemas han desaparecido y solo existe el deseo compulsivo de escribir: ese instante no existe. En general, uno se sienta a escribir venciendo cierta resistencia —salir del estado de ocio no es natural—, uno oficia ciertos ritos dilatorios, uno por fin, con cierta cautela, escribe. Y en algún momento uno tal vez descubre que está sumergido hasta los pelos, que todos los problemas han desaparecido, y que no existe otra cosa que el deseo compulsivo de escribir.

    
  • La primera versión de un texto es sólo un mal necesario. Suele estar bien lejos de aquello completo e intenso que uno difusamente ha concebido. Corregir no es otra cosa que ir encontrando a Moisés dentro del bloque de mármol.
Las tres revistas en las que trabajó, dos de las cuales cofundó. Foto: Revista Anfibia.
  • En literatura no existen sinónimos ni equivalencias: no es lo mismo un rostro, que una cara, que una jeta, “Dijo que estaba harto” no equivale a “—Estoy harto — dijo”. Aferrarse a una frase o una palabra simplemente porque ha salido así del alma, es por lo menos un riesgo: el alma, a veces, dicta obviedades. En Filosofía de la composición, Poe cuenta que, durante la escritura de su poema El cuervo, decidió que necesitaba un animal parlante para que repitiera un leit motiv al final de cada estrofa. Y naturalmente el primer animal que se le cruzó fue el loro. A veces conviene sacrificar al loro.

    
  • Ni la espontaneidad ni la velocidad son valores en literatura. Tantear, tachar, descubrir nuevas posibilidades, equivocarse tantas veces como haga falta, ir acercándose paso a paso al texto buscado: ese es el verdadero acto creador. Lo otro es como estornudar.

«No es al acontecimiento real al que debe serle fiel, sino a la luz secreta que él descubrió en ese acontecimiento y lo tentó a escribir».

  • Cuando se escribe, no hay que tenerles miedo a los sentimientos, pero tampoco hay que tenerle miedo a la lucidez. Uno tiene tan pocas cualidades que no veo razón para que se despoje de alguna de ellas para hacer literatura.

    
  • La realidad proporciona buenas situaciones, pero no construye obras artísticas. Tajear un hecho, distorsionarlo, cambiarle o anularle alguna pieza, son atribuciones que un autor de ficciones puede tomarse sin ninguna culpa. No es al acontecimiento real al que debe serle fiel, sino a la luz secreta que él descubrió en ese acontecimiento y lo tentó a escribir.

    
  • No hay que empezar un cuento si no se sabe cómo va a terminar. Se corre el riesgo de ir de acá para allá, sin ton ni son, esperando que el final caiga del cielo. Los buenos finales no suelen tener origen celestial: aunque no se lo note, vienen mandados desde la primera frase.


  • Una novela requiere una escritura y una estructura rigurosas como las de un cuento. Si tiene páginas grises, esos grises deben estar tan cargados de tensión como lo están en el Guernica de Picasso. Si no, son meramente un plomo.

  • La inspiración no existe; en eso se parece a las brujas. Entonces, cuando las palabras parecen cantarle a uno en la oreja, y siente que todo lo que está escribiendo tiene la música justa, el ritmo exacto, la tensión precisa que debe tener, uno puede llamar a ese estado de privilegio como más le guste, pero lo mejor es que suelte el freno y deje rodar la locura. Es hermoso, solo que no hay que creer que es el único estado en que se hace literatura. Porque se corre el riesgo de no escribir más que una página en toda la vida.

  • Hay que nutrirse de los credos y hay que aprender a dudar de ellos. No existen reglas universales para el oficio de escribir. Es uno mismo que a la larga, con verdades y mentiras propias y ajenas, va estableciendo sus propios ritos, va permitiéndose sus propias manías, va construyendo su propio credo.
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