La fiesta de la niña de la sonrisa silenciosa

De una foto podemos desprender recuerdos felices; también algunos tristes. Aunque el tiempo puede hacer que estos recuerdos se entreveren y no sepamos qué sentir. ¿Qué significará aquella sonrisa silenciosa?

Ilustración: Zully Rosadio.

La foto que despierta sensaciones entreveradas.

Veo a la niña de la foto y no la reconozco. Es extraño. Sonríe sin mostrar los dientes. Mi yo de ahora siempre sonríe mostrando los dientes. Está parada detrás de la mesa con su queque de cumpleaños en el centro. La mesa está llena de bocaditos ricos, típicos de cumpleaños. Detrás de ella (lado derecho de la foto) veo sentadas a mi madrina y a mi abuela amarrando globos. Del otro lado, niñas y niños apenas distinguibles por la falta de luz. Se ve —e imagino que fue así— como una fiesta tranquila y amena de una niña normal. Pero es la fiesta de la niña de la sonrisa silenciosa.

Recorro con los ojos su pelo largo, brillante y lacio. Dócil. Tan diferente al cabello corto que llevo ahora. Su vestido es veraniego —mi cumpleaños es, después de todo, en verano—. Parece sencillo y bonito. Apenas puedo distinguirlo porque la mesa es muy alta, o ella es muy pequeña. Aunque no recuerdo la prenda, puedo imaginar que me gustaba.

Un recuerdo nítido de aquel día aparece: mi profesora dándome un juego de mesa como regalo, y preguntándome si me gustaba o habría preferido un sombrero de playa. ¿Un juego de mesa, o un sombrero de playa? Imagino dejándome llevar por la hipótesis. Visualizándome con el sombrero, pesando las ventajas contras las desventajas, y olvidando rápido este reflejo mío de la reflexión, para responder que el regalo que había escogido sí me gustaba. Al rato mis padrinos me llamaron con sutileza, y me pidieron que les contase lo que me había dicho la profesora. Así lo hice; mientras que ellos me escuchaban pacientes. Al final me aconsejaron que debía haber respondido rápido, sin dudarlo. Asegurarle de que no solo me gustaba el regalo, sino que además estaba muy agradecida por el gesto. Que no debí haberme quedado pensando, solo haber dicho gracias; que así es que como se responde cuando a una le preguntan ese tipo de cosas.

La niña de la foto me quiere decir algo: mis padrinos la confundieron. Dice que le sonó a consejo —mi yo de ahora sabe que lo fue—, pero que lo sintió como reproche. Y no lo entiende, porque ella es bastante obediente. Porque ella se asegura de que los adultos no duden más de lo que ella los ve dudar. Porque se esfuerza todo el tiempo en ponerlos contentos y en que no se alteren más de lo que ella los ve alterarse.

Mudo la mirada; ya no quiero verla. Aunque no es de mi gusto, me enfoco en el queque, en lo rococó de su decorado. Globitos de colores, que normalmente son llenados con agua para jugar carnavales, lo rodean como un tutú. Siento que fue mi mamá la que lo decoró así. La recuerdo y la imagino haciéndolo todo ella sola. ¿Dónde estaba papá? No lo sé. Más pienso en ella. Mamá hizo el queque, la mazamorra, el arroz con leche, la canchita, la gelatina, puso el mantel, decoró la mesa. Y no sale en la foto porque aún debe de estar en la cocina. Mi mamá. ¿Quién me está tomando la foto? Probablemente papá. Pienso que es probable que sea él, que es lógico que él tenga la cámara. Pero la niña dice que no, que él no está ahí, ni ese ni otros días.

«En ese entonces no le saldrían palabras, aún no conoce las que necesita para describir lo que siente. Solo atinaría a aullar como animal herido, fuerte y prolongadamente»

Puedo seguir tratando de ignorarla, pero ya está resonando en mi cuerpo lo que dice, lo que quiere que escuche, lo que quiere que sienta. Es difícil porque yo no quiero sentir lo que ella siente. Pero ya está. Y ha alzado tanto la voz, que solo escucho repetidamente dentro de mí: “Estoy rota, estoy rota”.

¿Grito yo, o la niña de la foto? Yo. No puedo saber con exactitud si ella ya sabe que está rota. ¿Y si ya se está rompiendo, pero no se da cuenta? Quizás no quiere darse cuenta. Yo lo veo en su sonrisa de labios que temen abrirse. ¿Qué diría en realidad? En ese entonces no le saldrían palabras, aún no conoce las que necesita para describir lo que siente. Solo atinaría a aullar como animal herido, fuerte y prolongadamente:

AAAAAAAAAAAAUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU AAAAAAAAAAAAAAAAAAUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU

Yo, la de ahora, aguanto. No quiero asustar a mis compañeros de piso. Busco desesperada el silencio. Quiero y necesito silencio. Respiro para no gritar. Pero si lo hiciera, ¿a quién le gritaría? El fotógrafo no está. La mamá hacendosa, entregada y estricta, tampoco. Ni mis padrinos, ni mi profesora. Solo estoy yo mirando a la niña. Y ella… ¿está triste también? No lo puedo saber. Quizás es solo una niña obediente.

Veo sus ojos con más detenimiento. Hay cierta serenidad en su mirada, cierta calma que no logro entender, porque todo lo que he escuchado y sentido desde que he puesto esta foto frente a mí es tumulto, caos, tormenta y presión, escondidos detrás de la sonrisa con silencio. Pero si solo miro sus ojos, no veo tristeza ni rencor. Parece tranquila. No reconozco la sonrisa, pero creo reconocer la mirada. La niña parece saber algo que yo, la de ahora, no puedo ver o que estoy olvidando que sé. La niña parece haber elegido estar del lado de la calma, en ese momento, y quizás en muchos otros momentos más. Escogió, quizás solo por intuición o sentido de supervivencia, el lado de la calma y la paciencia. Pararse detrás de la mesa de los bocaditos que hizo mamá, mirar y sonreír frente a la cámara de papá. Quizás hasta la pasó bien ese día; sé que mal no la pasó, aunque los recuerdos de los hechos son vagos, y las sensaciones y los sentimientos que me despiertan esta foto están aún muy entreverados.

Veo a la barbie que decora mi queque sentada en el centro. Era mi barbie preferida, aunque solo tuve dos. A las dos las quise. Mi otra barbie tenía piel trigueña, llevaba un vestido violeta de tul escarchado y venía con un pájaro que hacía sonidos de pájaro. Pero esta, la que está sentada sobre mi queque, me gustaba más solo porque tenía pies grandes y planos. ¡Pies grandes y planos! Ninguna barbie jamás —no las de ese entonces— tenía pies diferentes a esos finitos, chiquitos, con forma de taco, ultra deformes. Excepto esta, mi barbie. Y la quería solo por eso: por tener, como yo, pies grandes, planos y fuertes.


Zully Rosadio
Zully Rosadio

Sus nombres son cortos y sus apellidos largos: Zully Luz Rosadio Cayllahua. Vive en Europa donde estudió biología, antropología y ecología social, y donde ejerce de investigadora. Sueña con encontrarse, quizás a través de palabras y dibujos. Fue alumna del taller Yo Escritor.

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