«La chacra ha sido la sonrisa de mis ojos y es el sueño que palpita dentro de mis sueños»

La naturaleza. Muchos tenemos el deseo de vivir en contacto con ella. Tener una casa en el campo, criar animales y cultivar sembríos. Randy nos cuenta cómo surgió este sueño en él.

Mi abuela paterna, doña Peta, vivía en el campo. A ese lugarcito le llamábamos la chacra. La chacra quedaba a unos ochenta minutos en carro, desde Trujillo hacia el norte. Debías llegar a un pueblito llamado Sintuco, cruzando el río Chicama, y luego seguir un camino de trocha por unos quince o veinte minutos, hasta llegar a esos cinco árboles de eucalipto que vigilaban la casa de doña Peta.

Por obra y gracia de las lluvias, el río traía consigo abundante agua y se formaban pequeñas piscinas de color turquesa, un paraíso que casi nadie tenía el agrado de conocer. Me encantaba zambullirme en esas piscinas tranquilas y distintas al mar. Podría decir que allí aprendí a nadar, tal vez no como un profesional, pero sí como los perritos, como para mantenerme a flote. Sin tiritar, mi cuerpo flacucho se perdía poco a poco dentro de esas aguas hasta solo dejar ver su cabeza. De cuando en cuando yo aparecía como un delfín de agua dulce, salpicando agua por el movimiento festivo de mis dos brazos. Era mi momento, mi espacio, mi tiempo. No temía, porque a diferencia de las aguas del mar, estas aguas jamás me tragarían.

Mi primer contacto con la naturaleza fue ahí, en medio de garzas, sapos, renacuajos y peces, muchos peces. Además, en la chacra podía encontrar cultivos de caña, maíz y zapallo. Vacas, toros, chanchos, mulas, cuyes y burritos.

Randy, luego de su proeza.

Serapio era el nombre de uno de los burritos de mi abuela. Era el reloj del campo. Rebuznaba marcando cada hora de forma exacta. Cuando presencié ese comportamiento, me dije “Los burros son más inteligentes de lo que los adultos piensan”.

Un día, cuando estaba sentado al lado de mi mamá, tomando aire a las afueras de la casita de adobe de mi abuela, vi a Cutu, mi prima, viniendo en un burrito (se había ido a repartir la leche que habían ordeñado por la mañana). No dije nada, pero en ese momento ya había pensado en subirme al lomo de Serapio. Era la primera vez que lo iba a hacer. ¡Qué agallas tenía a mis nueve años! Mi alma de explorador, de tomar riesgos. No me importaba si me caía o me golpeaba. Con tantas veces que ya me había caído, sabía que el dolor se iba a ir en algún momento.

«¡Qué agallas tenía a mis nueve años! Mi alma de explorador, de tomar riesgos. No me importaba si me caía o me golpeaba. Con tantas veces que ya me había caído, sabía que el dolor se iba a ir en algún momento».

Serapio me pasaba notablemente en altura, así que lo primero que busqué fue un apoyo que me hiciera más grande que él. Utilicé el asiento desde donde yo estaba tomando aire. Era un balde de aceite, uno de esos grandotes que traen como veinte litros. Estaba vacío, así que lo pude cargar con mis dos manos y llevarlo hasta el lado izquierdo de Serapio. “Te vas a caer” escuché decir a mi mamá, un poco alterada. No me importó, tenía que hacerlo. (Cuando alguna idea se me incrusta como espina dentro de la cabeza, la tengo que ejecutar para así aliviar ese manso dolor y poder estar tranquilo).

Serapio estaba entretenido comiendo algún tipo de pasto. Además, no se podía ir muy lejos porque estaba atado a una soga de no más de tres metros. Decidido, puse mi pie izquierdo sobre el balde amarillezco, me elevé sin hacer mucho esfuerzo y, a los segundos, con mis dos pies sobre el balde, ya estaba a la altura de Serapio. Con mi mano izquierda sostuve la soga que envolvía su cuello. Levanté hacia un costado mi pierna derecha, sostuve todo mi peso sobre la izquierda y, sin soltarme de aquella soga, me senté encima del lomo de Serapio.

Mis ojos se pusieron chinos, dejé ver mis dientes: lo había logrado. Miré a mi mamá, que en su preocupación se había puesto de pie y había perdido su color, y le lancé una mirada como diciéndole “Yo sabía que no me iba a pasar nada”. Serapio parecía estar acostumbrado, porque le dio igual, con él no era, siguió pastando.

La chacra ha sido para mí mi parque de diversiones, mi curso de ciencia y ambiente, mi primer zoológico, mi huerto, mi aprendizaje vivencial. La chacra ha sido la sonrisa de mis ojos y es el sueño que palpita dentro de mis sueños. Algún día quisiera tener mi propia chacra.


Randy de los Santos
Randy de los Santos

Nació en Trujillo. Es contador y se mudó a Lima hace nueve años buscando su desarrollo profesional. Lima marcó el inicio de su otra vida. Ha tomado talleres de canto, teatro y fotografía. Fue alumno del taller #YoEscritor.

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