«Jorge, mi amigo, hace tiempo que quiero escribirte»

Mi cuarto y quinto de media los hice en un colegio nuevo. Ahí formé grandes amigos. El último día nos dijimos «No nos perderemos, nos seguiremos juntando». Y así fue, hasta que nuestros intereses cambiaron, hasta que nuestros modos de ver la vida cambiaron. Con frecuencia los recuerdo. A veces basta un video para que lo haga.

Jorge, mi amigo, ¿cómo estás? Hace tiempo que quiero escribirte. Es sábado por la noche, pasadas las diez. Normalmente estaría en mi cama, viendo algún programa de televisión o leyendo algo, eso contando con que el sueño no me haya vencido. Como te dije, escribirte es algo que quiero hacer hace tiempo, hace semanas, pero esto de sentarme y coger el lapicero se me ha complicado bastante. A veces pienso que podría pasarme todo el día dibujando letras —ideas no me faltan— pero luego recuerdo que tengo que mantener estos músculos que llevo encima, que tengo que comer, que tengo que ir al baño. Trabajar. Entonces pienso “Más tarde, terminando esto”, “Luego, que mis viejos se duerman”. Termino escribiendo en mi cabeza y nunca en el papel, y cuando agarro el papel, no me sale nada.

La otra noche mi mamá me llamó a su cuarto para mostrarme un video sobre los chinos y su tecnología. Iban a inaugurar, o ya habían inaugurado, la verdad es que ya no me acuerdo, un zoológico en 7D. Imagínate. Ibas a estar andando por ahí tranquilo y de repente un cachalote iba a salir de entre tus piernas. Te atravesaría como Gasparín. Al final el gordo tenía razón. ¿Recuerdas que nos burlábamos de él cuando nos hablaba del cine en 4D, 5D y no sé cuántas des más? Que ya no solo ibas a ver las cosas salir de la pantalla, sino que también ibas a poder olerlas, sentirlas, saborearlas… Podrías hacerle un cunnilingus a tu actriz favorita decía. Ese gordo, qué será de su vida. Lo último que vi de él en Facebook fue que se había comprometido y que tendría un hijo. No sé qué me sorprendió más: saber que sería papá, que su flaca era de su edad o que estaba flaco.

«Es cierto eso que dicen: hay oportunidades que se presentan una sola vez en la vida. Debí ser yo quien le pidiera su número». 

Hace unos días investigaba y leía a un escritor: Charles Bukowski, no sé si habrás escuchado de él. Miraba sus fotos, leía sus textos y me decía “Este huevón era un Carlos gringo”. El mismo pelo desordenado, la misma barriga chelera e igual de federico. Y en sus textos no importa por dónde comience. Así esté en un bar, en su apartamento, en el apartamento de otro o en la calle deambulando, tú ya sabes que en algún punto va a terminar contando cómo se tiró a alguien. Aunque claro, a diferencia de nuestro querido gordo, ese viejo andaba detrás de puras chibolas. Me da pena, pero no logro recordar las palabras del gordo. Nos recuerdo a nosotros sentados en círculo en el salón —en el recreo— y su expresión maliciosa: ojos entrecerrados, labios fruncidos, emitiendo ese sonido de como quien succiona, y sacudiéndose y sacudiendo la carpeta como si estuviese manejando un taladro. Bromas, fantasías, anécdotas. Andaba obsesionado con las mujeres mayores. Nosotros en pleno despertar sexual y este gordo nos inquietaba más. Era el Vargas Llosa de Pamer, solo que sus historias no las escribía, las narraba. Podría haber sido un buen guionista de películas porno. La otra vez me ofrecieron ser actor de una.

Se me acercó en la calle un tío con el mismo perfil de “Canchita”, así, nariz de caño. Eran las cinco y media de la mañana, yo iba al paradero. El tío vestía una camisa hawaiana, un jean y unos zapatos que me parecieron Calimod —se le vía ficho, para qué—. Me preguntó por cómo llegar a San Borja. Me dijo que la noche anterior había ido a entregar un pedido al Hoyos Rubio —el cuartel que está cerca de mi casa— y que se había alojado en un hotel. Le indiqué qué carro tomar a la vez que caminábamos. Yo no le creía, creía que era choro y que me iba a asaltar. No tenía mucho para me asaltara tampoco, así que el que se iba a pelar era él, pensé. En fin, cuando acabé de indicarle, me confesó la razón de su apuro. Tenía que ir a abrir una tienda de películas pornográficas que él mismo producía. Yo no pude más que sonreír y mirarlo con detenimiento, para ver si parecía un productor porno, aunque claro, yo no sabía cómo debía lucir uno. Sacaba su celular, miraba la hora, lo guardaba y volvía a elevar el brazo, para ahora mirar la hora en su reloj. Ostentoso el huevón. Bueno, la cosa es que, luego de examinarme un rato, me dijo: “¿Sabes? Tú tienes el porte que buscamos. Así, cholón, apretado, fuerte. ¿Te animarías? Podrías ganar hasta tres lucas en un fin de semana”. Para estas alturas ya habíamos llegado a la avenida y debíamos coger rumbos distintos. Yo no sabía qué decir. “¿O te da roche?” me dijo y me pidió mi número. Se lo di, nunca me llamó. Es cierto eso que dicen: hay oportunidades que se presentan una sola vez en la vida. Debí ser yo quien le pidiera su número. 

Viejos recuerdos.

En fin, volviendo al gordo, parece que maduró. Tiene una banda de rock, regenta un hotel con su familia, será padre… ¿Sabes si llegó a graduarse como piloto? Por mi parte, yo aún vivo con mis padres, estudié ingeniería, ciencias del deporte y mi relación más larga fue hace un par de años —duramos seis meses—. Por cosas del destino chambeo ahora en una escuela de escritura. Así es: ni uno ni lo otro. No sé si enorgullecerme o avergonzarme. Dejé de ver a Joseph, a Juan Carlos, a Erick, a Luchín. Les iba muy bien la última vez que los vi, de eso ya dos o tres años. Todos con flaca —Joseph con Diana, tú sabes— y con trabajos de medio tiempo. Iban por la mitad de su carrera, pero ya te hablaban como verdaderos politólogos y economistas. Cada que abrían la boca, además de meterse un puñado de Piqueo Snax y un buen sorbo de chela, te explicaban la razón del deplorable PBI de nuestro país. Cada vez con más frecuencia, cada que estaba entre ellos, te recordaba y pensaba si por eso te habías desaparecido. Trataba de hacerlo, pero no lograba imaginarte hablando como ellos. Intentaba hacerlo yo, pero tampoco podía. Siempre me ponía existencialista, hablaba del consumismo y la moral, de la pobreza y filosofía. Como siempre, ellos me destruían con argumentos lógicos de libre mercado, teoría económica, psicología del consumidor, etc.

«He dejado de ver sus historias, de escribirle mensajes, de escribir para ella. Ahora escribo para mí, trato de hacerlo».

Poco tiempo después me vi rodeado nuevamente de ese tipo de gente. Un amigo con el que solía entrenar me llevó a una fiesta de sus amigos de la facultad —Ingeniería industrial y de sistemas—. Yo tenía unos veintitrés y los de la fiesta bordeaban todos los treinta, incluso algunos los cuarenta. Me pasé bastante tiempo rebotando de grupo en grupo. Me acercaba, escuchaba más o menos lo que hablaban y emprendía la retirada, hasta que opté por sentarme en uno de los sillones y disfrutar de los tragos y bocaditos que había. Comida gratis no se puede desperdiciar. Estaba engulléndome una empanada con un buen sorbo de vino y la chica que estaba a mi lado, que había estado conversando con otra que había ido al baño, me hizo el habla. No recuerdo qué fue lo que me preguntó, pero yo, como siempre, hice las preguntas de rutina: “¿Cómo te llamas”, “¿Qué estudias?”, “¿En qué trabajas?”. Se llamaba Sandra, estudiaba administración y en la empresa en la que trabajaba tenían un proyecto para mejorar no sé qué cosa en no sé dónde para no sé quiénes. Al principio me resultó interesante, pero pronto me di cuenta de que ella estaba ahí para hacer contactos. Comenzó a explicarme el proceso de implementación del proyecto, su viabilidad. Estaba vendiéndome su producto. Recordé a un profesor de la universidad. Este me decía siempre: “Cuando sustenté mi tesis me hicieron una pregunta que me dejó en blanco, pero claro, yo no tenía intenciones de decirles que no sabía, así que hice lo siguiente: rearmé la pregunta en mi cabeza y dije ‘Disculpe, ingeniero, no me ha quedado muy clara su pregunta, pero me parece que se refiere a…’ y entonces lo llevé a territorio conocido. La cosa es no darle a la otra persona tiempo para hablar”. Entonces ahí me tenías, con la adrenalina al tope porque iba a poner a prueba lo que la universidad me había enseñado.

Poco a poco, aprovechando el tema de los alcances de su proyecto, llevé la conversación hacia los viajes y, ¿qué te crees? Al rato sacó su teléfono, me preguntó de nuevo mi nombre y me agregó al Facebook. Pero bueno, nunca concreté una salida. Andaba misio por aquella época y dudaba que me aceptara tomar un emoliente. Igual, por fortuna no se dio. Aunque conversábamos bacán por chat, un buen día me eliminó. Al cabo de unos meses estaba yo en clase y me llegó un mensaje. Era ella. Me saludaba, me preguntaba cómo estaba y me invitaba a una fiesta. Quedé pasmado, me entusiasmé, luego la pensé mejor. Mi amigo después me contó que ella había tenido algunos malentendidos con el anfitrión de la fiesta. No me gusta terminar en medio de pleitos. Lo mismo me sucedía con Joseph, Juan Carlos, Erick y Luchín. Me invitaban a una reu y a veces coincidía con la invitación de Lalo, Luis Felipe y Mardyn, y tú sabes, Luis Felipe y JC no pueden estar en la misma habitación. Me decantaba por las reuniones en la casa de Lalo. Escuchar hip hop, tomar una chata, fumar unos cigarrillos. Era otro ambiente. Algunas veces bajábamos a Barranco y nos empatábamos con algún grupo de flacas. Aunque ahora último he perdido el entusiasmo por todo eso. Tanto así que también estoy perdiendo contacto con ellos. Desde que comenzó la pandemia he dejado de hablar con muchas personas.

La última Navidad que vivió el gimasio Simón.

La pandemia ha resultado, para mí, la excusa perfecta para no vivir. ¿No fiestas, no salidas? No hay problema, yo ya estaba acostumbrado a eso. Planeé sacar una cita con el psicólogo, pero desistí. Imaginé que me diagnosticaría alguno de aquellos trastornos nuevos y que me mandaría a leer las siete semillas de Fischman. Ni hablar. Las únicas siete semillas que conozco son las que tomaba antes de entrenar. A propósito de esto, te contaré que el gimnasio al que yo iba no volverá a abrir sus puertas. Hace unos días vi el anuncio por Facebook. Ha empezado a ofertar sus barras, sus discos, sus máquinas. Me pregunto si con esto habré perdido también a una amiga. Conocí a muchas personas ahí, muchos amigos que dotaban de alegría al ambiente. Víctor Hugo con su salsa y su reggaetón, Miguel y Alex con sus anécdotas, Carmen y Amparo con sus ocurrencias, pero la verdad es que solo ella hizo que madrugara todos los días durante cinco años. Mis pulsaciones aún se aceleran cada que la pienso. Hay mañanas en las que me parece escuchar el tintineo de sus llaves, ese tintineo que me daba aviso de que se aproximaba a la puerta. He dejado de ver sus historias, de escribirle mensajes, de escribir para ella. Ahora escribo para mí, trato de hacerlo. En toda mi carrera de escritor —si es que el título no me queda demasiado grande— he escrito un poema. Te lo compartiría, pues aún me lo recuerdo de memoria, pero prefiero guardármelo para mí. Lo que te puedo contar es que una noche, en la que salimos por fin, luego de varias insistencias y cancelaciones, a tomar un café, se lo recité. Sí, ahí me tenías: en medio de la calle, bajo la luz sombría de un poste y frente a ella. Me veía pequeño, me sentía pequeño. Ella estaba de pie en la escalinata de su entrada. Tuve que sacar el poema de mi bolsillo y leerlo sin levantar la vista. Entre el nerviosismo, la vergüenza, el miedo, no lograba recordar ni una sola palabra. Ella, como te imaginarás, no me correspondió, pero se acercó, me abrazó y me dijo…

Amigo, ¿sabes qué?, debo irme. Hablar de estos temas me pone existencialista y melancólico, y hoy he tenido un día relativamente bueno como para arruinarlo de este modo. Lo que puedo decirte es que cada día me convenzo más de que las vidas anteriores existen, y de que el destino de cada una está determinada por una mezcla de karma y azar. Mis desgracias no pueden deberse solo al karma porque, si así fuera, querría decir que he sido un verdadero imbécil. Y así como evito las escaleras, los gatos negros, los espejos, dudo que se deban solo al azar.

Me despido, amigo. Cuídate mucho y cuéntame: ¿Cómo te ha ido todo este tiempo? ¿Te graduaste de médico? Espero saber de ti pronto. 


Enrique Arellano
Enrique Arellano

Tiene 26 años y es editor, escritor y entrenador. Estudió ingeniería electrónica en la Universidad Alas Peruanas, pero jamás ha ejercido. Fue alumno de Machucabotones en el 2018. Actualmente trabaja en su primer libro.

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