«Hoy me quiero y me abrazo más que ayer»

En «De qué hablo cuando hablo de correr», Murakami dice «Los tiempos individuales, el puesto en la clasificación, tu apariencia, o cómo te valore la gente, no son más que cosas secundarias. Lo importante es ir superando, con tus propias piernas y con firmeza, cada una de las metas». Si lo extrapolamos a la vida, entonces debiéramos batallar por ser mejores y no por ser los mejores.

Miles de pensamientos recorren mi mente, también miles de emociones. No es un tema sencillo, no es algo que uno pueda decir en voz alta, no es algo en lo que uno se haya puesto a pensar realmente. ¿Cuál es mi lucha? ¿Cómo la explico?

La Natalie alegre y sociable.

Creo que sería adecuado comenzar diciendo que me consideraba una niña alegre, sociable y entusiasta. De pequeña era muy extrovertida y no me costaba hacer amigos, como todos los niños creo, o al menos como la mayoría. ¿Por qué será que cuando alcanzas la adolescencia esas cosas cambian? ¿Quizás porque tu cuerpo experimenta cambios y nuevas sensaciones? ¿O porque comprendes mejor la vida y lo difícil que puede resultar?

Cuando eres niño no tienes preocupaciones. Lo único que te importa es jugar y ser feliz. Al crecer, tus responsabilidades van en aumento y la presión por ser el mejor de la clase, por tener muchos amigos, por ser el orgullo de tu familia, puede derrumbarte.

Tengo que confesar que mi paso por la secundaria no fue el mejor. Aunque hice un par de buenos amigos, no guardo esa etapa de mi vida con cariño. Siempre te dicen “Disfruta de tus últimos años en el colegio, porque luego los vas a extrañar” pero la verdad es que yo no los extraño para nada.

Creo que para tener una grata experiencia en la escuela es importante tener buenos profesores. Yo siento que no los tuve. Aún así, no voy a poner a todos en el mismo saco, porque le guardo mucho cariño a dos profesoras: a la de inglés y a la de historia. Eran de las pocas que amaban lo que hacían y que enseñaban con cariño. El resto de profesores no fue de mi agrado.

Nunca he sido buena con las matemáticas, así que imaginarán lo terrible que era para mí llevar esos cursos. Me aterraban, y el hecho de tener profesores que yo sentía que eran el mismísimo diablo, no ayudaba. Siempre he pensado que, si no amas lo que haces, entonces no debes hacerlo. Las personas muchas veces no se dan cuenta del poder de sus palabras, y los profesores que tenía solían ser muy bruscos con nosotros, muy agresivos, hasta irrespetuosos. Tenía compañeros que sufrían porque los humillaban delante de todos. Era un estrés para mí ir al colegio los días que me tocaban aquellos cursos. A veces, cuando no tenía fuerzas para lidiar con ellos, fingía estar enferma.

Natalie en la secundaria.

Supongo que eso fue lo que causó que le tuviera rechazo al colegio. Eran muy exigentes, y cuando tienes catorce o quince años, todavía eres muy inmaduro para pensar en lo que quieres hacer el resto de tu vida.

Fue una de las experiencias que lograron volverme reservada, tímida e insegura. Temerosa de decir lo que pensaba, de preguntar si tenía alguna duda, porque sentía que se burlarían de mí si decía la palabra equivocada.

Me convertí en una chica frágil con baja autoestima. Me costaba relacionarme con otras personas o hablar en voz alta. Veía a todas mis amigas confiadas de sí mismas y con un carácter fuerte, y yo me sentía muy chiquita. Era la adolescente callada con pocos amigos que caía bien, pero que no resaltaba mucho, algo que fue un cambio verdaderamente brusco porque había sido una niña muy habladora y extrovertida.

No me sentía suficiente —algo que creo que todos hemos experimentado alguna vez en nuestras vidas— y estaba muy triste, aunque no se notaba. Fue cuando mi mamá decidió llevarme al psicólogo. Al inicio me parecía algo absurdo porque creía que ahí solo iban los locos, pero después de tanta insistencia de su parte —me imagino que porque a ella tampoco le decía cuando me pasaba algo, y no por falta de confianza, sino por temor—, para que dejara de preocuparse, accedí.

Accedí temerosa y desconfiada, pero dispuesta a hacer lo que estuviera a mi alcance para sentirme mejor. Ahora puedo decir con total seguridad que fue una de las mejores decisiones que pude haber tomado. No sabía que tenía tantas cosas dentro hasta que me senté con la psicóloga y le conversé acerca de todo lo que pasaba por mi mente, tanto lo bueno como lo malo.

Las terapias me ayudaron un montón. Me enseñaron a expresar mejor mis sentimientos y a relacionarme mejor con las personas. Luego de unas primeras sesiones, ya disfrutaba mucho de ir, porque me hacía realizar actividades y ejercicios que me entretenían y me ayudaban a superar muchos miedos.

«Porque no soy ni mis errores ni lo que dicen los demás, sino lo que yo pienso de mí misma»

Poco a poco, la adolescente temerosa y desconfiada que era, ganó seguridad, comenzó a relacionarse más con las personas y a alzar la voz. Comencé a enfocarme en las cosas que se me daban bien, a explorar mis habilidades y a darme cuenta de que era capaz de hacer grandes cosas, que solamente me había hecho falta un empujoncito.

Hasta el día de hoy pienso que no es un proceso sencillo. No es que un día te levantas y decides ser tal cosa y asunto arreglado. Es algo con lo que luchas a diario, algo con lo que tienes que lidiar por el resto de tu vida, porque siempre habrá personas o situaciones intentando tirarte abajo, pero lo que te hace diferente al resto es cómo logras enfrentar esas situaciones: si decides lamentarte o sacar algo bueno de ellas.

Día a día es una lucha constante, conmigo misma y con mi alrededor, pero puedo decir que estoy orgullosa de la mujer que soy ahora. Porque me siento suficiente, capaz e inteligente, y porque sé que puedo lograr cada cosa que me proponga. Porque no soy ni mis errores ni lo que dicen los demás, sino lo que yo pienso de mí misma, y, finalmente, son cosas buenas.

Hoy me quiero y me abrazo más que ayer.


Natalie Muñoz
Natalie Muñoz

Tiene 24 años. Es amante de los documentales de crímenes, el sushi y los perros. En sus ratos libres hace repostería. Le encanta ir al cine y escuchar música. Desde pequeña tuvo una pasión especial por la escritura que al crecer terminó por olvidar, pero con la cual ha vuelto a reencontrarse gracias a Machucabotones. 

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