«El amor hiere y muchas veces te hace perder a quienes quieres»

En cuestiones de amor, todos hemos sido despistados alguna vez. Lo hemos tenido en nuestras narices y no nos hemos dado cuenta. ¿Ver las señales? ¿Interpretar el lenguaje corporal? Difícil, ¿no? ¿La protagonista de esta historia habrá podido hacerlo?

Ilustración: Giuliana Morales (Parluna).

Un día, cuando tenía diez años, un niño nuevo en el barrio tocó a mi puerta para pedir la pelota de mi hermano. Era usual que mi hermano saliera a jugar con los chicos del vecindario y, si no salía, que les prestara la pelota. Este chico se llamaba Javi. Era flaco y de tez morena. Viéndolo parado en la puerta de mi casa me pareció tímido y nervioso. Detrás de él, los chicos del barrio esperaban ansiosos la respuesta. Querían darle comienzo a la pichanguita. Lo observé detenidamente y, con cierto desdén, le contesté No te la puedo prestar, la pelota no es mía, para inmediatamente cerrar la puerta con fuerza.

No supe más de él hasta que empezó la universidad y conocí nuevos amigos en el barrio. Dentro de este grupo estaba Javi, pero no había caído en cuenta de que era el mismo niño de la pelota hasta que él me hizo recordar: ¿Sabes?, tú fuiste la niña que me tiró la puerta en la cara. Me morí de vergüenza.

Mi primera impresión de Javi se confirmó. Era de pocas palabras, tímido y transmitía la sensación de que algo ocultaba. Me gustaba fastidiarlo o provocarle una sonrisa con cualquier tontería que dijera. Era una dinámica clásica: chica extrovertida conoce chico introvertido. Pero funcionaba. Poco a poco él me permitió conocerlo. Empezamos a pasar tiempo juntos, a disfrutar de largas conversaciones, a pasear por el parque, a comer anticuchos o salchipapa a unas cuadras de mi casa. Lo que más me gustaba era verlo tocar la guitarra y escucharlo cantar. Me contagiaba su pasión por la música; en especial, por la de los 70´s con canciones de Bread o The Beatles, su banda favorita. Eran tiempos en los que no necesitaba de mucho para ser feliz.

A pesar de la bonita dinámica entre nosotros, lo único que Javi me transmitía era amistad. Yo aprovechaba eso y disfrutaba que me acompañara a cualquier sitio; él siempre aceptaba hacerlo. Una noche me acompañó a la fiesta de una amiga, cuya casa quedaba muy lejos de la mía. En la fiesta salí a bailar con otros chicos e incluso coqueteé con alguno de ellos. Cuando me di cuenta, Javi estaba hablando con el disyóquey, un tipo de cabello azul. Corrí a verlo. Lo invité a bailar conmigo, a volver a la fiesta, a dejar ese rincón destinado para el disyóquey y el equipo de sonido.

«Lo rodeé con mis brazos en la cintura, colocando mi cabeza en su pecho».

—Estoy bien aquí, Leslie. Estoy tranquilo con mi amigo que sabe mucho de música —sonrió, pero rápidamente bajó la mirada.

—Vamos, Javi. No he bailado contigo, anímate —le dije, mirándolo con carita triste.

—Estoy disfrutando de la fiesta en el lugar que más me gusta. Desde aquí veo toda la fiesta —contestó, asomándose a la consola.

—Entonces me quedare aquí un rato contigo —le dije, y lo rodeé con mis brazos en la cintura, colocando mi cabeza en su pecho. Era algo que me gustaba hacer cuando quería convencerlo de algo.

El DJ, que nos observaba con curiosidad, se alejó de su consola, se acercó bastante a mí y me susurró Chiquilla, se nota que te quiere. Si no, ¿por qué vendría hasta aquí? ¿Para verte bailar con otros chicos? Fue una situación rara, pero algo en mí se movió. De reojo pude ver la tierna mirada de Javi y el movimiento en su cara, como si su secreto hubiese sido revelado. Yo sentí que tenía que abrazarlo. Él me abrazó también.

«No supe cómo afrontarlo. La sola idea de una relación de pareja me paralizó. No tuve valor. Sentí miedo, mucho miedo. ¿Qué puede dar más miedo que el amor?»

Sin palabras regresamos a casa. Estuvimos abrazados todo el trayecto sin iniciar una conversación. En un bus casi vacío nos quedamos dormidos. Al bajar encontré una moneda y él me dijo Guárdala como recuerdo de esta noche. Yo la guardé por muchos años.

Pensé que en los días siguientes surgiría una conversación sobre lo que pasó en la fiesta, pero él no dijo nada y yo no dije nada. No supe cómo afrontarlo. La sola idea de una relación de pareja me paralizó. No tuve valor. Sentí miedo, mucho miedo. ¿Qué puede dar más miedo que el amor?

El tiempo pasó. Terminé la universidad y empecé a trabajar, convencida de que el éxito se lograba con trabajo duro y mucho esfuerzo. Los chicos del barrio fueron cambiados por colegas de la oficina, pero Javi y yo seguimos siendo amigos. Una noche, bailando en una discoteca, Javi y yo nos besamos y comenzamos una relación. Todo arrancó como un rayo de energía, pero rápidamente se apagó. En cierta forma habíamos cambiado. Habíamos crecido y estábamos en otra etapa. Yo trabajaba como loca y le dedicaba muchas horas a mi primera ocupación importante. En contraste, veía a Javi muy desmotivado. Nuestras salidas se tornaron apáticas. Él y yo ya no teníamos historias para compartir. Una noche le pregunté si se sentía cómodo con la relación, si le funcionaba. Secamente me dijo que todo estaba bien y no ahondé en el tema. Yo no sentía la vibra de antes y no me gustaba la relación que teníamos, pero tampoco planteé nada.

Al poco tiempo recibí un correo que decía Sorry en el asunto. Era un correo donde Javi me pedía terminar. Me dolió en el corazón. ¿Cómo pudo creer que la mejor forma de terminar nuestra relación era con un correo? ¿No era yo lo suficientemente importante para él? No quise hablarle más. Había perdido a mi amigo, a alguien que me importaba mucho. No podía perdonarlo. El amor hiere y muchas veces te hace perder a quienes quieres.

Hace poco vi un documental sobre el amor en el espectro autista. Lo que más llamó mi atención fue la figura de la consejera, que sugiere a los autistas cómo interactuar e identificar si alguien está interesado en ellos. Los autistas tienen dificultades para entender el lenguaje corporal y en el amor esto es importante, para identificar las señales que demuestran si alguien está interesado en ti. Yo sentí que con Javi no había entendido las señales que el disyóquey sí había visto. Quizás hubiera sido útil contar con una consejera que me enseñara a notar las señales del amor. En cierta forma soy una autista en el amor y la evidencia es que perdí la oportunidad de disfrutarlo cuando la vida era fácil y sencilla, cuando no necesitaba de mucho para ser feliz.



Mery Chamorro
Mery Chamorro

Abogada especializada en regulación de servicios públicos. Estudia en la Maestría de Ciencia Política. Fundadora del club de lectura «Divinos Tsonduku» y gestora del de «Mujeres en la Minería». Fue alumna del taller #YoEscritor. «Conocí a Machucabotones durante la pandemia y, gracias a ellos, cuando el mundo externo se paralizó, mi mundo interno floreció» nos dice.

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