Días normales

¿Cómo son tus días? Los míos tienen muchas más horas de lo normal. Acá comparto un poco de ese tiempo, de los estragos de la maternidad gemelar a los 35 años en un pandémico 2020.

Dos de la mañana. Enciendo en automático la luz de la lámpara de mi mesa de noche. El móvil de la acción es el llanto de uno de mis hijos. No sé cuál de ellos es. Sus cunas son blancas e idénticas, como lo son ellos también. Están cubiertas por mosquiteros de tul y en medio de mi vigilia pienso que esa es la razón por la que no distingo a quién pertenece el llanto, como si el llanto tuviera color y forma perceptible a la vista. Todo sucede en menos de cinco segundos: prender una luz, el pensamiento sobre el llanto, la búsqueda de las chancletas tanteando con las puntas de los pies bajo la cama. Me apresuro a coger un biberón. Ya sé cuál de mis hijos llora. Ese dato es importante porque usan biberones distintos y consumen marcas distintas de fórmula de leche. Mientras mezclo el agua caliente y el agua fría voy haciendo un sonido cíclico y rítmico: shshsh… shshsh… shshsh… Es un sonido que los calma, pero, a estas alturas, creo que me calma más a mí. Un sonido paliativo con el que creo que ellos no se despertarán mutuamente. Un sonido que descubro en mi boca incluso cuando voy al baño y ellos ya no logran escucharme. Bajo las escaleras, voy a servirme un café, ambos bebés están dormidos y yo sigo: shshsh… shshsh… shshsh

Cinco y media de la mañana. Octavio pegó un grito que se convirtió en un llanto incontenible. Creo que anduvo soñando que le dábamos el jarabe. ¿Cómo serán las pesadillas de un bebé? Me explico cosas para evitar alarmarme innecesariamente. Lo cargo y le doy un besito y le digo que ya va a pasar y que nunca más le daré jarabes, aunque sea mentira y aunque él no me entienda. Procedo a cantarle la canción de los pollitos y despertamos a Martín con nuestra bulla. Amanece a la media hora y la intensidad del tono de azul del cielo me indica que hoy habrá sol, lo cual significa que secará la ropa para el anochecer.

«Todo sucede en menos de cinco segundos: prender una luz, el pensamiento sobre el llanto, la búsqueda de las chancletas tanteando con las puntas de los pies bajo la cama. Me apresuro a coger un biberón. Ya sé cuál de mis hijos llora.»

Las noticias transcurren en algún canal nacional mientras abrimos pañales a punto de rebalsarse. Colocamos un nuevo pañal en cada bebé y si la pichi se escapó, toca cambiar todo el juego de ropitas: enterizo, pantalón delgado, polito de manga larga, pantalón grueso. El bebé meón solo conservará las medias y las botitas del día anterior.

Ropitas.

Siete de la mañana. Una nueva toma de biberón para cada uno. Otra vez cambio de gasa y jarabe para Octavio. A veces lo hago reír y a veces lo hago llorar, pero siempre completa la dosis del antibiótico. Trato de no tenerle pena y asumir esta parte de la rutina como una tarea más que pronto dejará de ser parte de nuestros días. Las emociones a veces nos juegan en contra.

Dos horas después bajamos a desayunar, dejamos a los bebés con las abuelitas. Martín y yo compartimos el mismo semblante de soldado trasnochado. Joaquín, el mayor de mis hijos, nos suele acompañar en uno que otro desayuno. Hoy conversamos sobre el uso del género en el lenguaje y las líneas en forma de gato que se encontraron sobre las pampas de Nazca. Bebemos ingentes cantidades de café y comemos panes con huevos fritos. ‘Ingentes’, siempre me ha gustado esa palabra, suena a que no nos importa ser unos salvajes. Hay cosas más sustanciales que encajar en la sociedad.

Para las diez ya he logrado encender mi laptop la cual debo reiniciar como mínimo dos veces para que funcione. Me siento a revisar correos electrónicos, una lista de pendientes que tengo anotados en papelitos amarillos que cuelgan de una pizarra negra. A la izquierda, una ruma de libros que debo leer para escribir y a la derecha, varias libretas con anotaciones del trabajo. Me encanta el espacio que he creado para trabajar. Es un refugio que me desconecta de mis responsabilidades de madre protectora y me conecta a las de madre proveedora, lo cual me parece importante. La semana pasada me entrevistaron para un video que se está armando a propósito del Día de la Escritora. Me preguntaron acerca de mi vida y yo hablé de mis hijos y de mi trabajo y de cómo las mujeres podemos tener tan interiorizada la culpa al hacer actividades que nos desliguen de nuestro rol maternal. ¿Qué loco, no? Mi lado racional pierde la partida versus mi formación conservadora y el llamado ‘instinto materno’.

Restos de perita aplastada, la fruta de media mañana.

Once de la mañana. Pelando una pera de agua que en breve será aplastada y servida en platitos con dibujos de dinosaurios, me doy cuenta que se me ha caído un pedacito del dedo índice. Arde cuando el jugo de la fruta se chorrea sobre él y recuerdo que en las primeras semanas de pandemia usé tanto alcohol en gel y jabón antibacterial que se me empezó a rajar la piel de los dedos. Era un dolor extraño e inevitable porque usamos las manos para todo. Nunca creí posible algo como eso, quizá sea cierto que todo en exceso hace daño. Los gemelos ya comen sólidos, fruta y papilla. También beben agua, además de leche. A veces su papá les acerca una galleta y abren el pico, pero todavía no tienen luz verde para las golosinas. Pobrecitos.

«Al principio me preocupaba un poco y para combatir la idea de frustración ante un posible rechazo a la comida me decía: no conoces a nadie que no haya aprendido a comer

Poco antes de la una de la tarde Octavio y Martín ya tienen los estómagos llenos de un menjunje que incluye papa amarilla, pollo, habas, zapallo y arvejas. Sin sal dijo el pediatra, pero con un chorrito de aceite de oliva. Ambos disfrutan de la ingesta de su papilla, Martín aún más porque tiene buen diente (aunque todavía no le crezca ninguno). Al principio me preocupaba un poco y para combatir la idea de frustración ante un posible rechazo a la comida me decía: ‘no conoces a nadie que no haya aprendido a comer’. Por la tarde la rutina se repite. Biberón con agua, biberón con leche, sacar el chanchito (¿cómo se le dirá a esta acción en otros países?), cambiar pañales con pichi o caca o ambas, subir nuevamente a trabajar otro poco, retomar la escritura de este texto, dibujar para ilustrarlo.

Minutos antes de las siete de la noche mis críos empiezan con un llanto coral que me obliga a dejar la laptop y a correr a calentar la cena. Ellos ya saben que les toca comer sólido otra vez y así lo reclaman. Desinfecto el tablero de sus sillas de comer con alcohol diluido en agua. Seco con papel toalla. Vierto la papilla helada en la ollita que espera ya sobre la hornilla al fuego. Le pido amablemente a mi gato que no se suba a las sillas de comer y que no llene de pelitos el coche doble de los gemelos. El gato me dice que no hay problema, pero que no promete nada.

Las últimas tareas son las de mayor exigencia física. O quizá sea que para el final del día ya mi cuerpo no da más. Ahora que tienen casi siete meses, los bebés chapolean en el agua y mojan todo y a todos. Les gusta la calatería y lloran cuando les pongo otra vez las ropitas. Es un escándalo. Antes de dormir, otra vez jarabe y llanto y luego, leche y canto y pasear a un bebé de nueve kilos o a uno de casi diez. Es un peso hermoso el cargar a mis bebitos, pero mi columna vertebral no está de acuerdo. Empieza así el repertorio con ‘yo tengo un elefante que se llama trompita’ y a medida que canto me doy cuenta que es medio violento el asunto porque la mamá le dice que le va a dar tas tas en la colita. Seguimos con villancicos y terminamos con boleros. Al fin se duermen y puedo cenar.

Diez de la noche. Se me chorrea la cara pero tengo una última conversación por mensajes con el papá. Nos despedimos porque él trabaja hasta tarde y le toca hacer todos los protocolos de limpieza antes de ingresar a casa y a nuestra habitación. Siempre terminamos el día con un ‘nos vemos en la madrugada’. Y así es.

Dos de la mañana. Desde alguna de las cunas un bebé llora.

Yo según yo. Detalle de la ilustración principal de esta entrada.
Karina Valcárcel
Karina Valcárcel

Escritora. Ha publicado los libros ‘Poemas Cotidianos’, ‘Una mancha en el colchón’, ‘Variaciones / Otros te[a]mores’; ‘Los abrazos largos’ y ‘Los abrazos largos-prosa’. Forma parte de las antologías: Rito Verbal, 2000-2010 (Elefante Ed.); Antología XVIII “Enero en la Palabra” (Cusco, 2014); Tránsito poético (Lima Lee, 2016); entre otras. Ha dictado talleres de creación literaria. Dedicó cinco años de su vida a recorrer los caminos de Perú para escribir crónica de viaje. Actualmente es editora en Machucabotones.

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