Decálogo del perfecto cuentista

Su destino fue marcado por alguien, de eso no hay duda. Tal vez fueron sus padres, al nombralo Silvestre. Su relación con la selva y con lo aleatorio de la vida en ella —como la muerte— queda representada una y otra vez en su obra. La muerte lo rondó desde que era un neonato. Primero se llevó a su padre, luego a su padrastro, después a su mujer, a su mejor amigo. Esta racha de desgracias lo sumió en la depresión y evitó que escribiera más ensayos, más novelas, más de una obra de teatro, pero también lo convirtió en el maestro latinoamericano del cuento. Nombrando a Poe, Maupassant, Chéjov —su más grandes influencias— Quiroga comienza su lista de diez principios para ser un perfecto cuentista.

Dibujo de Quiroga: Gustavo Lopez Chaves.

Quiroga en su primera casa en medio de la selva.
  • Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.

  • Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

  • Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

  • Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

  • No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

«No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea».

  • Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: «Desde el río soplaba el viento frío», no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

    
  • No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

    
  • Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

    
  • No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

    
  • No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.
Casa de Misiones (Argentina) de Quiroga. Ahora museo.

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