«Cuando la protesta se hace una fiesta y vandalizas la ciudad con arte, conviertes la lucha en un ideal»

El escritor y periodista peruano, José Sandoval, nos escribió a propósito de la convocatoria de historias de marcha que lanzamos. Nos envió esta que él escribió. No se trata en sí de las marchas en Perú, ni de las de Chile —en las que tuvo oportunidad de estar, sino de lo que su carrera le ha permitido percibir. «Pude percibir que el gas lacrimógeno es el mismo en cualquier parte del mundo» dice. Es verdad. Lo es así como lo son también las luchas: por la igualdad, por la democracia, por la libertad de expresión.

Protesta en Chile. Foto del autor.

De alguna manera, ya estoy acostumbrado al cautiverio. Desde hace años que dejé las fiestas y me internaron 45 días en un psiquiátrico. Pensé que eso había sido lo peor en mi vida, pero llegó la pandemia y el encierro se hizo eterno. Aunque confieso que nunca me ha faltado nada en el estado de emergencia, salvo trabajo, que lo perdí en abril. Desde entonces vivo para pagar el internet y para el vicio. Los bancos a la mierda. AFP corazón. No hay futuro, así que mejor que te cancelen de una vez. Yo quiero mi plata, no pienso llegar a viejo ni cagando. Menos en el Perú. Ya me la sé ya, en EsSalud voy a terminar como el hermano de mi viejita que mientras agonizaba decía: “No merezco morir solo, quiero estar con mi familia”. Entonces es un dilema ser peruano. “La próxima vez naceré en Bolivia” dijo Tola una vez cuando cariñosamente me llamaba el Gordo Alfajor. El sábado le dije a mis sobrinos para ir a la marcha. Uno está en la UPC y arrugó rápido. “Tengo examen” dijo. Le dije al otro de la San Martin. “Pero cómo vamos a ir” preguntó. “¿Y si pasa algo?”. Se asustó. “Nada” le dije, todo tranquilo. “Tas conmigo tas con dios”. Pero también arrugó: “Tengo examen”.

Yo también hubiese arrugado a la misma edad. A los 21 recién conocí el centro de Lima, y me daba miedo. La facultad de la avenida Brasil de la San Martin fue mi Leoncio Prado,  como si yo fuera Vargas Llosa. Pero soy barrunto nomás: Jesús María me enseñó el Perú. Además de la revista Gente, donde comencé como practicante, debutando con una entrevista al actor Bernie Paz. Luego pasé a la portada con una exclusiva: El ‘skan’, la nueva droga de Lima. Me dieron una plata para comprar el bendito skan, pero mi hermano me trajo una paraguaya envuelta en cáscara de mandarina. “Skan” me dijo. “Ahí está tu skan”. Yo no me sentí estafado porque igual era para cumplir con el periodismo. Con esa nota salimos en portada y seis páginas. Hicimos fotos exclusivas.

«Me convertí en un redactor que hacía lo que nadie quería hacer. Ya sea porque les indignaba la misión, o porque no estaban de acuerdo con la línea editorial que le querían poner a las notas».

Como el fotógrafo más viejo vio que yo era rata para la prensa, me dijo para ir a la séptima región policial. Tenía un comandante amigo que le había pasado la voz de un burrier que habían capturado en Fiori, yéndose en bus al norte. “Sandoval” me dijo. “Vamos a Comas a sacar la exclusiva”. “Vamos” le dije. Tenía clase, pero me valía madre la universidad, ya estaba en la cancha. El burrier era un colorado holandés, tenía un ojo de vidrio y no hablaba español. Lo curioso era que lo habían atrapado con dos kilos de polvo blanco que no era coca, sino talco. El burrier estaba relajado, pero opuso resistencia cuando le propusieron salir a la puerta y hacerle unas fotos simulando la detención. Luego mostraron los paquetes que en realidad no eran coca, sino talco. Pero del cajón del comandante amigo del fotógrafo sacó un pomo lleno de un polvo que brillaba más que el talco. “La caspita del inca” me dijo ansioso el fotógrafo.

La nota volvió a salir en portada y con cinco páginas exclusivas. Entonces me encomendaron algo más desafiante aún: un perfil de las mejores piernas de la televisión. Magaly, Laura y Gisela. Me convertí en un redactor que hacía lo que nadie quería hacer. Ya sea porque les indignaba la misión, o porque no estaban de acuerdo con la línea editorial que le querían poner a las notas.

El dueño, don Enrique, desde las dos de la mañana comenzaba a escribir mandatorios: que fulano entreviste a Ferrando, que sultano le tome fotos en bikini a Karina Mía, que le propongan un publirreportaje al jefe de la FAP… Así llenaba metros de metros de escritos que indicaban lo que todos teníamos que hacer. Entonces, a partir de ese momento, el fax de la revista comenzaba a llenarse páginas y páginas de pedidos.

«Todos los jóvenes deberían tener ese espíritu. Yo no lo tuve porque desde el comienzo de mi vida profesional trabajé para el enemigo y mi pluma se hizo filuda con eso, porque al periodismo le debo la crudeza de haber leído partes policiales en provincias, donde las violaciones eran narradas con un estilo literariamente de choque»

En una de esas, pidió que vayan a Santiago con Lupe Zevallos, la dueña de Aero Continente y hermano de ‘Lunarejo’, famoso narco peruano. Como era el único redactor que tenía pasaporte, me tocó a mí. Y fuimos toda una comisión de periodistas que acompañamos a la señora Lupe a realizar una demanda judicial porque le querían quitar su aerolínea, que al final quebró porque se descubrió que era una fachada para sus operaciones con la droga.

También fuimos porque a los periodistas si no nos llama el deber, nos llama el trago o los viajes. Pero nos trataron fatal. Nos trataron como a Perú en las eliminatorias del 98, cuando agredieron a Juan Reynoso y nos comimos cuatro goles. Humillante. Nos gritaron narcos, nos hicieron con la mano como si estuviésemos metiéndonos algo por la nariz. Y regresamos más o menos como regresó Juan Reynoso y su equipo. Goleados. Al final perdieron la aerolínea y la señora Lupe tuvo que pasar a la clandestinidad, hasta hoy.


Semanas antes de la pandemia estuve nuevamente en Santiago. Quería estar en las protestas que veía en las noticias. Los policías mataron a un hincha de fútbol, a uno del Colo Colo. Fuimos a la zona cero con mi gran amigo Fernando Meza, periodista y ex dirigente estudiantil, como yo. Con él habíamos coincidido en muchos países y ese era un momento importante, además él no se mandaba solo porque ya estaba tío y, bueno, yo también. Fuimos a las protestas de Santiago y pude percibir que el gas lacrimógeno es el mismo en cualquier parte del mundo. Pero cuando la protesta se hace una fiesta y vandalizas la ciudad con arte, conviertes la lucha en un ideal. Todos los jóvenes deberían tener ese espíritu. Yo no lo tuve porque desde el comienzo de mi vida profesional trabajé para el enemigo y mi pluma se hizo filuda con eso, porque al periodismo le debo la crudeza de haber leído partes policiales en provincias, donde las violaciones eran narradas con un estilo literariamente de choque, realista. Conocí el otro lado. Porque cuando las actrices de moda lavaban la bandera, nosotros publicábamos las peores fotos. Las chicas con muecas y poníamos de titular: Manifestación sin pena ni gloria. Y eso que las actrices eran conocidas del mismo círculo de los dueños del medio, pero así es el negocio creo.


Autor: Juan José Sandoval Zapata.

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