Con mi tata, todos los días eran mi cumpleaños

Lo inevitable de la vida es que personas queridas se vayan de este plano físico, aunque siempre nos quedarán los recuerdos con ellas, y las fotografías, por si aquellos empiezan a olvidársenos. Aquí la autora no recuerda los momentos capturados, pero verse al lado de su «tata» le evoca muchos otros.

El tata, un abuelito de película.

Esta foto emana un momento muy particular: cuando me di cuenta que él era mi héroe. Una palabra grande. Un héroe sin capa, con joroba y un bigote cortado al estilo hitleriano, pero un héroe sin más.

No recuerdo este cumpleaños. Sé que la celebración fue por mi primer añito, me lo contaron. Sé que fue especial porque fue el comienzo de una serie de celebraciones y experiencias que hicieron que mi infancia fuese un cúmulo de alegrías. Mis papás se encargaban de eso. Desde despertar con una búsqueda del tesoro cada 7 de abril, hasta creer en la magia. Mis papás hacían “magia” en Navidad y en Pascua para mí. Recuerdo claramente cómo me trataba de quedar despierta, viendo fijamente al árbol de Navidad en la sala, esperando que aparezca Papá Noel con los regalos, y cómo es que en un abrir y cerrar de ojos, en un segundo de distracción, una ráfaga de viento hacía que una bicicleta y otros obsequios aparecieran bajo el árbol, junto con una carta escrita y traída directo desde el Polo Norte.

Revisando mi álbum de fotografías cumpleañeras, puedo ver que hay una persona, además de mis papás, que siempre estuvo presente: mi tata. Nunca le dije abuelito. En realidad, “tata” fue la primera palabra que aprendí a decir. Tal vez nuestra conexión empezó ahí.

Yo me identificaba con el solitario lector que veía sentado en su huerta todos los días. Él fue una de las primeras personas que evocó mi amor por las historias; siempre me las contaba, ficticias y reales. Tenía una gran imaginación y un sentido del humor extraño, pero yo lo entendía. Era un alma vieja que había sufrido mucho, pero que supo reivindicar su camino, que supo perdonar y enmendar. No fue un padre ideal, no tuvo una relación de ensueño con sus hijos. Sufrió mucho de muy joven, y tampoco tuvo la mejor relación con su papá.

«Yo lo recuerdo así: como un caballero medieval en su armadura y su corcel, siempre yéndome a recoger del jardín puntual y con un helado en la mano».

No hablaba mucho de eso. Cuando me contaba sobre su infancia o su vida, siempre ponía un toque de fantasía, una mentirilla. Como cuando me contaba que se había comido una rata entera y que no llegó a su estómago, sino a su brazo, y por eso tenía músculos. O cuando me decía que, cuando llamaba Telefónica, las operadoras eran su novia Fortunata.

Un kindred spirit.

Era, como sus hermanos lo llamaban, bohemio, hambriento de conocimiento, renegón, amoroso, y con corazón de niño. Era un kindred spirit. Me llevaba al parque y se subía conmigo a los columpios, se colgaba del pasamanos y jugaba conmigo a tomar el té. “Roche” no estaba en su vocabulario. Hacía lo que fuese para que me riese. Se hacía el loco, fingía no escuchar mis pasitos cuando bajaba a escondidas a la cocina para asustarlo por detrás, los saltos que pegaba eran teatrales.

Era él quien me enseñaba a cantar y contar en quechua, quien me molestaba y me hacía reír; con quien bailaba y veía Tom & Jerry, quien me compraba golosinas y me llevaba a comer cada vez que cobraba su pensión. Era todo un caballero. Yo lo recuerdo así: como un caballero medieval en su armadura y su corcel, siempre yéndome a recoger del jardín puntual y con un helado en la mano.

Mi tata era un abuelito de película, único en su especie y con quien tuve una de las relaciones familiares más épicas. Era mi cómplice de travesuras. Al no crecer con hermanos, hice que mi tata actúe como un niño, que juegue como un niño, que me quiera como solo un abuelo puede querer. Era un cascarrabias con el mundo, tenía el mal hábito de fumar, pero al ver esta foto, su mirada, me siento amada. Recuerdo que, con mi tata, todos los días eran mi cumpleaños.


María Alejandra Moreno
María Alejandra Moreno

Es arequipeña y tiene 26 años. Licenciada en Administración de Negocios y apasionada por el Marketing. Le encanta leer, escribir, cantar, actuar y pasar tiempo en la naturaleza y con los animales. También le gustan mucho los idiomas (habla 4) y conocer las diferentes culturas del mundo. «Creo que, mientras más experiencias y aventuras vivimos, mejores historias podemos contar» nos dice. Contar historias es su pasión. Ha sido alumna del curso Yo Escritor.

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Este el es blog de la Escuela Machucabotones
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