Allujo y yo

Nadie me ha pedido que escriba sobre Allujo. Pero desde hace tiempo sabía que iba a hacerlo. Lo sabía, porque la presencia de Allujo en mi vida ha originado tantos pensamientos… Pensamientos de asombro que no tuve tiempo de verbalizar, y que luego se me escaparon. Sé que algo se moviliza dentro de mí cuando estoy en su compañía. Casi nunca me doy cuenta, porque ando distraído, pensando en la imposibilidad de avanzar con mi novela porque no tengo tiempo, porque en la escuela hay tanto por hacer… Si por ejemplo yo cojo mi bolso, me pongo la casaca y abro la puerta del estudio, Allujo vendrá desde donde esté a examinarme con su mirada, a comprobar si efectivamente voy a salir a la calle. Se mantendrá cerca de mí con sus orejas atentas, alzadas, y la cola moviéndose como un limpiaparabrisas. Siempre lista para partir de inmediato a la Luna conmigo, aunque yo la ignore. Y cuando salga del estudio, ella se quedará en lo alto de la plataforma mientras yo bajo por las escaleras, y cuando voltee a verla ella habrá ladeado su cabeza hacia la izquierda, y me mirará con esa mirada de pena que tan bien le conozco, con sus ojos pardos clavados en los míos, su boca como una U hacia abajo. Y su mirada sin parpadear emitirá esta pregunta: “¿Y yo…?”. Entonces le diré con mis palabras de humano “Ya regreso, voy a la tienda” o cualquier otra cosa. Y ella me seguirá en silencio con la mirada mientras yo bajo las escaleras, y emitirá la misma pregunta con sus ojos hasta que me sienta salir por la puerta principal. Y sabrá que me voy al aire libre, a la libertad. 

Pensamientos que se forman en nuestra cabeza, que se muestran un instante y luego regresan al éter del cual vinieron, pensamientos que se mezclan con las notificaciones de WhastsApp, los carteles que vemos en la calle, las estupideces que nos dicen los medios: las corrientes de imágenes por las cuales navegamos a diario. Burbujas en la superficie de un lago que todos tenemos en el pecho. Como cuando regreso de bañarme y descubro a Allujo en mi cama: la veo con su barriga bien pegada al colchón, nerviosa, tratando de hacerse chiquita porque la he descubierto in fraganti… Está temblando, mirándome de costado con sus ojos chinos, ofreciéndome sus pupilas a través de las rendijas de sus párpados, agitando la bandera de su cola como un súbdito pidiéndole perdón a su rey. Entonces yo empiezo a representar la obra que ella y yo hemos montado tantas veces, la obra que hemos ensayado y perfeccionado desde que empezamos a relacionarnos juntos, hace 8 años. Uso un tono de indignación al soltar mi exclamación desde el umbral de la puerta. Actúo mi sorpresa ante mi público. “¿QUEEÉ?” digo, alargando las e: “¡UN PERRO EN MI CAMA!”. Y las palabras que han salido de mi boca se amarran a su cola, y su cola se mueve aún más rápido. Allujo me mira con cara de “Por favor” y entonces yo me tiro a su lado sobre el colchón, y la abrazo y pego mi cuerpo al suyo, que emite suspiros. Le doy muchos besos en el pómulo de perro, como un adolescente enamorado, y empiezo a decirle “Es usted una conchuda… ¡Una conchuda!” Y la abrazo y la beso y ella continúa agitando su cola, aceptando este ataque inesperado de amor.

Cuando Leslie no está aquí conmigo, que es la mitad del tiempo, Allujo duerme en mi cama. A mi mamá no le cuadra esa práctica. A casi nadie le cuadra. La única que lo entiende es Leslie. Yo le digo a Allujo que mi cama es su cama, pero ella siempre me pide permiso con la mirada antes de subir (cuando estoy presente, claro). Debe ser algo relacionado con la urbanidad de los perros. La acostumbré a dormir conmigo desde que era una cachorrita, un raro ejemplar de perro calato peruano, con sus grandes orejas de murciélago y su piel rosada, y el pelo rubio oxigenado asomando en el morro de la cabeza y la punta de la cola. Podías acunarla con las manos, llevarla dentro de un bolso y subirte al micro con ella. La primera vez que la vio la hermana de Leslie, que entonces tenía 7 años, gritó pensando que era una rata. Hoy Allujo tiene 8 años y pesa 25 kilos. Es una perra grande. Su piel rosada tiene pecas, por la edad y por el sol. Y pliegues que huelen a Tor-Tees, a pezuña de bebé, a pólvora… He visto pocos perros de su clase y ninguno que se le parezca mucho. El comentario que más he escuchado en estos años de sacarla a la calle es que parece un cerdo. “¡Mira, un chanchito!” le dicen los niños a sus mamás, señalándola con el dedo, porque está peladita. Incluso me he topado en la calle con personas que, hablando sin pensar, han dicho “¡Qué feo tu perro!” Esas personas nunca han sospechado la herida que ocasionan ciertas palabras. 

A veces Allujo y yo dormimos haciendo cucharita, sobre todo en el invierno. Yo la abrazo por detrás y siento su calentura. En verano la hago a un lado, lejos de mí, porque ya quema. Leslie dice que ella es mi verdadera señora. Algunas personas afirman que los perros peruanos son medicinales, porque su cuerpo alcanza temperaturas febriles y no sueltan mucho pelo, pero tal afirmación esconde una verdad mayor: que todo perro es medicinal. La compañía de cualquier animal es medicina para el ser humano. Mi idea de felicidad es estar con Leslie y Allujo arropados en la cama un domingo, simplemente disfrutando de estar juntos. En algún momento Allujo posará su hocico sobre mis piernas o sobre mi barriga y me mirará a los ojos con dulzura: lo hace algunas raras veces, especialmente cuando está cómoda, como cuando los tres estamos en la cama y ella se siente una bebita. Sé que en esos momentos en los que ella me mira con dulzura (porque en su mirar hay vocabulario), ella me acepta. Todo el tiempo Allujo está diciendo que me acepta, incluso las veces en que he ardido en cólera en este mismo estudio y la he asustado, incluso cuando la he mantenido cautiva sin sacarla a dar una vuelta porque siempre estoy muy ocupado, porque cómo voy a sacarla a pasear si ni siquiera tengo tiempo para escribir… Ella siempre se ha dejado acariciar la cabeza por mí cuando me he puesto en cuclillas y le he pedido disculpas, acariciando su lomo. He pensado a veces que los animales son maestros de la aceptación. Pero ¿qué hago hablando de los animales? Yo solo conozco a mi perra.

Ella me acepta y eso es un montón.

A veces les pedimos a los estudiantes de Machucabotones que escriban un texto con el título “¿Cuál es mi lucha?”, y gracias a esa pregunta muchos testimonios hermosos han visto la luz. Yo solo he hecho tal ejercicio una vez, y no es mi propósito reincidir, ya que este texto y los que seguiré publicando serán sobre mi perra Allujo. Pienso, en todo caso, que si tuviera que hablar de mi lucha, en alguna parte de esas larguísimas páginas, que yo buscaría editar hasta convertir en una sola frase, estaría la palabra aceptación. 

Ahí vamos, Allujo y yo. No sé qué es esto. No sé por qué me siento de esta forma acerca de un perro. Hoy que escribo después de muchas semanas y me lleno de energías me digo que sí, que acepto totalmente este día, que acepto estas circunstancias que me toca vivir. Acepto quién soy.

Gracias.

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